27/6/11

El rompecabezas del mundo…

Hace algunos años escuché esta historia, de Gabriel García Márquez, que me hizo reflexionar sobre la posición que debe adoptar el hombre a la hora de querer resolver los problemas del mundo…

“Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Así que pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

Cierto día, su hijo de 7 años invadió su laboratorio decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle, con el objeto de distraer su atención.

De repente, se encontró con una revista en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

- Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.

El científico calculó que al pequeño le llevaría varios días componer el mapa, pero no fue así. 
Pasadas algunas horas escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente:

- Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Pero para su sorpresa, el mapa estaba completo.

Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares, ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz de hacerlo?

De esta manera el padre preguntó con asombro a su hijo:

- Hijito, tú no sabías cómo era el mundo ¿cómo lo lograste?

El niño respondió:

- Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.

Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.

El peligro de actuar llevados por la “opinión de los demás”

Un viejo y un joven viajaban caminando, junto a su asno.

Al llegar a una aldea, los niños de la escuela rieron al verlos pasar y dijeron: “Miren a esos tontos, tienen un asno robusto y van caminando, por lo menos el viejo podría montarse en él”. 

Los hombres se miraron y pensaron que deberían de seguir el consejo. Así pues, el viejo se montó en el burro y el joven caminó detrás.

Más adelante, un grupo de gente los miró y comentó: “Miren: El hombre viejo montado en el burro y el pobre muchacho caminando…¡qué abuso!” Así que cambiaron de puestos: el hombre viejo caminaba y el joven montó en el burro.

Entonces otro grupo de gente se acercó y dijo: “Miren, ¡qué muchacho más desconsiderado! El viejo debe ser su padre o su maestro, y va caminando, mientras el joven viaja cómodamente”. Ambos decidieron probar la única posibilidad restante: Sentarse los dos en el burro. Así que montaron ambos en él.

Entonces otro grupo que los vio exclamó: “¡Qué gente tan violenta! El pobre burro está casi muerto de cansancio, mejor sería que lo cargaran ellos en sus hombros”.

Así que otra vez lo discutieron y decidieron llevar al burro en hombros para evitar que la gente hable mal de ellos. Al cruzar por una aldea, una multitud se reunió en alrededor suyo y exclamó: “¿Se habrán vuelto locos? ¡Jamás existieron tontos semejantes: en vez de montar el burro, lo llevan a cuestas!”

El burro, mientras tanto, se puso tan inquieto, que saltó y se cayó desde el puente por el que pasaban, al río, matándose enseguida. Ambos bajaron al río y junto al animal muerto el hombre viejo habló al muchacho: 

“Mira, así como el burro, tú estarás muerto si escuchas demasiado la opinión de los demás. Cada uno de ellos tiene su propia mente, y dirán siempre cosas diferentes. Llevado por la opinión de los demás, irás siempre de un lado para otro. Escucha tu propia voz interior, siéntela y muévete de acuerdo a ella”.

IMG. GRACIOSAS

MOISES




CABEZA DE HOGAR


UNA ROSA DE AMISTAD

Era en Estados Unidos durante la segunda guerra mundial, y era un botón de rosa lleno de vida, pugnando por abrirse y llegar al máximo de su belleza. La familia Ninomiya, familia japonesa, derramó lágrimas de gratitud.

Conrad Holster, vecino de la familia en las cercanías de San Francisco, California, la había cultivado para darles la bienvenida. Y no sólo había cultivado esa rosa, sino que había cuidado del vivero de los Ninomiya durante los cuatro años que habían pasado en el campo de concentración.

La familia japonesa había comprado tierras cerca de San Francisco. Junto con su vecino, Conrad Holster, un norteamericano, habían cultivado rosas. Cuando estalló la guerra, los japoneses fueron internados en campos de concentración. Conrad, el vecino, cuidó como propio el vivero de ellos.

Lo que hizo de esa rosa todo un símbolo es que floreció en el tiempo en que el Japón había bombardeado a Pearl Harbor, puerto de la ciudad de Honolulu, y la familia Ninomiya era una de muchas familias japonesas bajo sospecha, lamentablemente odiadas por los norteamericanos. Pero este vecino vio más allá de su raza, su cultura y su religión.

«La amistad —dijo alguien metafóricamente— es la rosa con que se enriquece nuestro pobre barro humano.» Y es que la amistad verdadera, cuando es pura y profunda, supera todas las diferencias que nos separan.

El proverbista Salomón expresó algo muy interesante acerca de la amistad: «En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia» (Proverbios 17:17).

Si la amistad que decimos tener distingue entre uno y otro —entre un norteamericano y un japonés, entre un rico y un pobre, entre un letrado y un analfabeto, entre un católico y un protestante—, entonces no es amistad. El que ama sólo a los que están de su lado no tiene más que amor por conveniencia.

Jesucristo dijo: «Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.” Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mateo 5:43‑44). Si Cristo exige amor aun hacia el enemigo, ¡cuanto más hacia el que está separado de nosotros sólo por alguna diferencia de opinión!

Si nos falta amor —amor entre esposo y esposa, entre padre e hijo, entre un pueblo y otro, entre una religión y otra—, es porque no tenemos en nosotros el amor puro de Dios. No suframos más con odio. Cristo quiere cambiarnos con su amor.

Un Mensaje a la Conciencia
por el Hermano Pablo

«ESTOY HARTO DE... BORGES»

(25 Aniversario de la Muerte de Jorge Luis Borges)

Se arrellanó cómodamente en el amplio sillón de cuero, miró a lo lejos con los ojos que sólo veían sombras, y mientras esbozaba una de sus características sonrisas, entre seria y burlona, dijo con voz serena: «Ya he cometido la imprudencia de vivir más de ochenta años. Si es que todavía espero algo, es la muerte, con cierta impaciencia.»

El periodista se quedó mirando extrañado al enigmático personaje que acababa de pronunciar esas palabras, Jorge Luis Borges, uno de los genios literarios del siglo xx. «La idea de que uno va a desaparecer totalmente es agradable, reconfortante —afirmó Borges—. Por lo menos, lo es para mí... Sería horrible seguir siendo, y sobre todo, seguir siendo Borges. Estoy harto de él....

»Hace bastante tiempo que deseché la idea del suicidio; yo creo que, desde que perdí la vista, me interesó tanto haber perdido la vista que... me interesó menos la idea de perder la vida... Antes de mi ceguera pensé muchas veces suicidarme, pero siempre me reservé ese consuelo para más adelante y ahora ya es un poco tarde; yo creo que ya no necesito suicidarme... tengo ya demasiados años —concluyó—: en cualquier momento el tiempo me suicida.»

No obstante, Borges vivió seis años más. Cuando murió el 14 de junio de 1986, faltaban sólo dos meses para que cumpliera ochenta y siete años.

«He escrito mucho sobre Dios —había expresado—, inclusive he escrito una demostración casi humorística sobre su existencia. Pero al fin de cuentas, no sé si creo en Dios... Yo no entiendo a Unamuno, porque Unamuno escribió que Dios para él era proveedor de inmortalidad, que no podía creer en un Dios que no creyera en la inmortalidad. Yo no veo nada de eso.»

Ahí está la solución del enigma. Borges confesó que no veía nada. Había perdido no sólo la vista física sino también la espiritual. Estaba convencido de que su destino era morir ciego, pues así habían muerto su padre, su abuela paterna y su bisabuelo. Pero si bien habría de morir ciego en lo físico, no tenía por qué morir ciego en lo espiritual. Porque Dios envió a su Hijo Jesucristo al mundo a dar vista a los ciegos ( Lc 4:18) y a dar su vida por ellos para que no tuvieran que morir ciegos espiritualmente.

A diferencia de Unamuno, a Borges le costó mucho creer que Dios era proveedor de inmortalidad. Es decir, le costó reconocer que a Cristo le costó la vida proveernos vida eterna. Más vale que en ese sentido nos asemejemos a Unamuno y no a Borges. Porque cuando perdemos la fe y la esperanza de vida eterna, nos hartamos de nosotros mismos y nos impacientamos por ver llegar el día de nuestra muerte. En cambio, cuando vibramos con esa fe y esa esperanza, no nos hartamos de nosotros mismos porque tenemos la vista fijada en Cristo, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, (Heb 12:2) y lo que nos impacienta es ver llegar el día en que comenzaremos a vivir con Él eternamente.


Un Mensaje a la Conciencia
por Carlos Rey